LUCIFER
de Ambrosious Graal
Extraida de “El Fuego Secreto” de FRIEDRICH VON LICHT
Recordaos a vosotros mismos y recordaréis mi enseñanza. No busquéis fuera lo que ya existe dentro, en vuestro espíritu.
Prefacio
Es motivo de profunda satisfacción
entregar a la luz pública la obra, hasta ahora inédita, de un alquimista
contemporáneo. Con ella queda demostrado que el Gran Arte no se ha olvidado y que su cultivo
continúa siendo cuidadosamente atendido por artistas anónimos. Tal es el caso
de Ambrosius Graal , seudónimo preñado de significado y a
través del cual, el autor, señala sus conocimientos en la lengua de
Pegaso . Cabalísticamente hablando, el nombre Ambrosius
Graal hace alusión a la Copa de Ambrosía o Cáliz
del Elixir de Inmortalidad
de los mitos arcaicos, tema del cual podríamos
escribir (y ya se ha escrito mucho) un libro sobre su significación
trascendente.
Lucifer , nuestra piedra angular,
el Portador de la Luz , es el sujeto mismo de la
Obra . Prometeo encadenado a la
roca de la materia, por haber llevado el Fuego Sacro a los hombres, que espera
la aparición del alquimista (Hércules) para ser liberado. Esta obrita ha
sido plasmada bajo el velo de la cosmogonía gnóstica ofita, secta greco-egipcia
que consideraba a la serpiente como símbolo de la sabiduría y el bien.
Agradeceremos, a los lectores cristianos, sepan apreciarla en su correcto
significado y no ver en ella una corriente herética o de ideas blasfemas. Los alquimistas,
de todas las épocas, han sido algo liberales en la utilización del símbolo y el
caso de Ambrosius Graal no será la excepción.
La selección del mito luciferino y su
aplicación a la Gran Obra justifican sobradamente su osadía,
liberalidad y atrevimiento teológicos.
Esperamos la disfruten, como lo hemos
hecho nosotros, para lo cual se las entregamos tal y como ha llegado a nuestras
manos.
Friedrich von LichtSeptiembre 1998
Esta claro que el hombre es consciencia, y Friedrich Von Licht en sulibro “El Fuego Secreto” nos dice “Sí la consciencia del hombre yaexistía desde antes de encarnarse, que maravilla, pero si laconciencia nació a través ò en la materia, mas maravilla todavía”,todo el que pretenda seguir la senda del misticismo, debe hacer a unlado dogmas, paradigmas, supersticiones y temores. La verdad no debevenir de la boca de obispos, maestros, ni grandes consejeros. Lapreexistencia de la consciencia ni la perfección del alma puedenaceptarse ciegamente, la verdad debe venir desde adentro del hombremismo, demos por hecho que exista una pre consciencia humana, lacósmica, pero la ¿Consciencia individualizada del ser humano? .... El hombre al “morir” ¿Su alma se integra en el mar cósmico del padrecelestial?, igual que el cuerpo físico se integra a la madrenaturaleza. Si el hombre es consciencia y mente, al comer del árbolde la vida eterna, debería conservar mente y consciencia, con plenitudde conocimiento de sí mismo y de su individualidad, dentro del cuerpofísico o fuera, ó ya sin el cuerpo físico.
Alcanzar nuestra propia unidad y dejar atrás la dualidadconvirtiéndono0s en UNO solo como Rey y Sacerdote al mismo tiempo… o seaalcanzar a ser conscientemente UNO con nuestra propia alma.
Rene descartes es contundente cuando dijo: “Cogito Hergo Sum”, piensoluego existo ò pienso luego soy, los cabalistas denominan a "la"ruach" como el intelecto, esa parte de la conscienciaindividualizada, como el conjunto de memoria, voluntad, imaginación,deseo y razón"... Podríamos simplificar diciendo que el hombre real esconsciencia con todos sus atributos mentales, consciencia de si mismo,de su entorno, del ayer, hoy y de su probable mañana.
¿Que es el hombre real? Erich Fromm en su libro “y seréis como dioses”no dice que la caída de Adán lejos de ser tal, es el nacimiento de lahumanidad, es su despertar y por consiguiente su elevación, pero suspalabra mas acertadas las expresa en su libro “el arte de amar” cuandodice “lo esencial de la existencia del hombre es que ha emergido delreino animal, de la adaptación instintiva, de que ha transcendido lanaturaleza.- si bien jamás la abandona y siempre forma parte de ella-y sin embargo, una vez arrancado de la naturaleza, ya no puederetornar a ella, una vez arrojado del paraíso- un estado de unidadoriginal con la naturaleza-querubines con espadas flameantes leimpiden el paso si tratara de retornar. El hombre solo puede ir haciadelante desarrollando su razón, encontrando una nueva armonía humanaen reemplazo de la prehumana que esta irremediablemente perdida”.
Lucifer: Nombre latino de la divinidad griega Fósforo o
Heósforo (la antorcha de la aurora), nombre dado a la ESTRELLA MATUTINA, el
astro que anuncia la aurora(2012) y trae la luz del día. Significa “el Portador
de la Luz”. (Diccionario de Mitología Grecorromana de Pierre Grimal, Edit.
Paidós).
Yo, Jesús, envié mi
ángel a notificaros estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y la prosapia
de David, EL LUCERO BRILLANTE DE LA MAÑANA. (Apocalipsis cap. 22, ver.16).
La noche más oscura
y tormentosa: tal fue el principio de la creación.
En el ojo del
ciclón reinaba la quietud y el silencio, a su alrededor, la agitación de la
terrible tempestad.
Entonces surgió el
primer rayo en la negrura de aquel universo. Su voz fue el primer trueno que
rodó inexorable a los confines del profundo abismo.
Aquel rayo tuvo un
nombre, se llamó Lucifer: el Portador de la Luz.
Lucifer fue la
primera luz que rompió la profunda oscuridad del tiempo.
Lucifer fue el
primer sonido que bramó en el amorfo silencio de aquella sorda oscuridad.
Fue Lucifer el
primer relámpago, el portador de la luz, la primera chispa de conciencia en
aquel dormido universo.
Fue su propio
destello, su propia luz, que le permitió percibirse a sí mismo. Esto lo convirtió
en eterno e inmortal. Y así fue como Lucifer llegó a ser el único rayo que dura
para siempre.
Y con su
pensamiento de trueno, que fue la primera voz y sonido del universo, se dijo a
sí mismo:
- Seré recordado
como el eterno rebelde; como aquél que rompió la paz de la oscuridad y la
ignorancia infinita. Soy el espíritu en acción, hambriento de conocerse a sí
mismo a través de este profundo y negro universo.
Y diciendo esto se
sumergió en el oscuro abismo, arrastrando su propia luz consigo. A su paso iba
dejando una estela de chispas y centellas tras de sí. Centellas de luz, chispas
de conciencia.
Y volviendo la
mirada, Lucifer, contempló aquellos soles y estrellas alumbrando la noche
eterna. Entonces exclamó:
- Seréis mi hueste,
mis rebeldes, mis guerreros. Sois mis hijos, mis hermanos, mis compañeros. Sois
parte de mi luz, sois mi voz, mi conciencia. Sois yo mismo.
Y siguiendo su
camino volvió a sumergirse en la profundidad, dejando su senda, una estela de
luz en el mar de la inmensa oscuridad.
Entonces fue su
viaje tan lejano y distante que su ida se convirtió en retorno. Mundos nuevos
se mostraron a su vista. Y descubrió en ellos la obra de sus huestes rebeldes,
de sus hijos guerreros: descubrió su propia obra.
Así fue como
comprendió su razón de ser, comprendió el por qué de su existencia: sacar
consciencia de lo inconsciente, obtener sabiduría de la ignorancia, sacar luz
de la oscuridad.
Como relámpago que
fulgura en las tinieblas, como trueno que retumba en el silencio, tal debía ser
su misión.
Y de esta manera
fue como Lucifer cayó a la tierra, al infierno, la más profunda de las negruras.
Profundo dolor el
del espíritu aprisionado en la materia:
Lo libre es
limitado, lo luminoso es opacado, la voluntad se convierte en pasión, la conciencia
en olvido.
Soberbio desafío:
transformar las tinieblas en luz, hacer de las pasiones fuerza de voluntad,
convertir la ignorancia en conocimiento, la mediocridad en excelencia, liberar
lo aprisionado, conquistar la materia, elevarla y hacerla una con el espíritu.
Y así fue como
Lucifer cayó en el hombre. Fue en el hombre donde conoció el campo de batalla
del espíritu, la guerra más cruel.
Y como hombre se
conquistó a sí mismo. Y como hombre decidió conquistar al mundo.
Y caído en el
hombre y, hecho hombre, se mezcló entre los hombres para propagar la luz.
Así fue como llegó
hasta una gran ciudad, en la cual sus habitantes se caracterizaban por ser muy
piadosos. Y vio con sorpresa que había gran cantidad de templos, de dioses y de
creencias de todo tipo. Y se adoraban a dioses invisibles y a otros
representados en imágenes. Y los ídolos tenían formas humanas o animales o de
ambas. Y aquellos que eran invisibles al ojo tenían atributos humanos o
animales o de ambos.
Y el aire estaba
impregnado del olor a incienso y del sonido de los cánticos y plegarias
rogando, alabando, dirigiéndose a la multiplicidad de dioses.
Entonces Lucifer
viendo aquella confusión quiso extender su luz a los hombres y les dijo:
- ¿Por qué buscáis
fuera, lo que tenéis dentro? ¿Acaso no sabéis que sois el templo de la luz y
que la luz vive en vosotros? ¿No os dais cuenta que sois el templo de la
sabiduría y la sabiduría habita en vosotros? ¿Por qué tanta ceguera? ¿A que
tanta ignorancia? ¡Despertad, hombres dormidos! Despertad de vuestro profundo
sueño. Despertad que la muerte acecha y tal vez os de caza mientras aún estáis
dormidos y entonces así vuestro sueño será eterno. Romped las ataduras de
vuestra ilusión ¡Despertad! No busquéis afuera, en lo externo, lo que vive
adentro, en lo interno. ¿A qué viene tanta adoración a ídolos o a abstractos
conceptos? ¿Es acaso que la madre de todas las oscuridades ha caído sobre
vosotros? ¿No os dais cuenta que el Espíritu de la Vida palpita en vuestro
corazón se mueve en vuestra respiración, percibe a través de vuestra conciencia?
¡Despertad, hombres
dormidos! Despertad y dejad de perder tiempo adorando a falsos dioses externos.
Dirigid vuestra atención hacia vosotros mismos, sentid la Conciencia y la Vida
que habita en vosotros, entonces la Verdad os abrirá las puertas y entenderéis
la realidad del mundo y de este universo.
Así habló Lucifer
con voz de trueno, sin embargo, los hombres no lo entendieron y comenzaron a
murmurar entre sí y a planear como deshacerse de aquel extraño que blasfemaba
de aquel modo. Entonces Lucifer pensó para sí:
- Estos hombres aún
no están maduros para la gran cosecha. Sus oídos no escuchan y sus ojos son
incapaces de ver. Prudente será que me aleje de ellos, pues sus corazones están
llenos de violencia y oscuridad.
Así Lucifer se
alejó de aquellos hombres y de aquella ciudad. Y caminó por sendas solitarias,
sendas que ningún hombre antes había caminado.
Y caminando así
llegó a otra ciudad y con sorpresa vio que en aquella ciudad los hombres eran
más ciegos e ignorantes que en la otra, pues proclamaban la existencia de un
dios proclive a sacrificios y castigos. Se llamaban a sí mismos "El Pueblo
Elegido" y consideraban a las otras naciones como animales.
Y según ellos todo
en el universo había sido creado para su uso y a ellos les correspondía, por
mandato y promesa de Dios, el gobierno de todo el mundo. Y sólo ellos poseían
la verdad. Y sólo ellos eran los puros entre las naciones. Y sólo ellos eran
los elegidos, los piadosos, los más elevados y sabios.
Y la sorpresa de
Lucifer crecía cada vez más al escuchar los pensamientos y creencias imperantes
en aquella ciudad. Y su sorpresa fue tanta que finalmente el pensar de aquellos
hombres lo hastió y su voz tronó sobre la muchedumbre:
- ¿Qué necia locura
os invade? ¿Decís que vuestro dios os creó a su imagen y semejanza? Pues yo os
declaro la verdad y ésta es que vosotros habéis hecho a dios a vuestra imagen y
semejanza, pues no he visto a dios más humano que el vuestro, ni tan lleno de
humanos apetitos ni humanos defectos que vuestro dios. ¿Qué os habéis
imaginado? ¿Quiénes os creéis? ¿Pensáis acaso que el Gran Espíritu de Vida, que
anima a este universo, puede tener preferencias por algún individuo, pueblo o
nación en merma de otros individuos, otros pueblos y otras naciones? ¿Acaso el
sol priva de su luz a los malvados? ¡Porqué sois egoístas os habéis creado un
dios egoísta! ¡Porqué sois injustos habéis creado un dios injusto! Porque
debéis de saber la verdad y ésta es que vuestro dios no existe en realidad, es
solo un reflejo, una proyección de vuestras almas. Y como vuestras almas son
impuras y enfermas, vuestro dios es impuro y enfermo. Solo a individuos ciegos
e ignorantes de la Luz de la Sabiduría se les puede ocurrir la existencia de un
"pueblo elegido". Pues la verdad es que ningún dios o dioses eligen a
un individuo, raza o nación, sino que es cada individuo, raza o nación que se
eligen a sí mismos por medio de su voluntad. Y esta autoelección se realiza por
esfuerzo y mérito propios, no por haber nacido dentro de una familia, religión,
raza o nación.
Así habló Lucifer.
Y el pueblo que lo escuchaba, con los rostros enrojecidos de la ira y las bocas
espumosas de la rabia, le gritaron:
- ¡Blasfemo!
¡Maldito blasfemo!
Entonces Lucifer
respondió:
- ¡Blasfemos
vosotros! Blasfemos porque blasfemia es pretender rebajar a nivel humano
aquello que está más allá de toda condición humana. ¡Blasfemos vosotros! Porque
blasfemia es pretender dar origen divino a palabras y pensamientos provenientes
de hombres ambiciosos, egoístas y arrogantes.
Entonces la
multitud rugió llena de furor:
- ¡Mátenlo!
¡Mátenlo! Derramen su sangre para así limpiar con ella la afrenta que ha
cometido.
Entonces el pueblo
enfurecido se arrojó contra Lucifer y comenzó a golpearlo con puños, palos y
piedras. Y en medio de aquella furibunda marejada humana Lucifer pensó para sí:
- Estos hombres aún
no están maduros para la gran cosecha. Sus oídos no escuchan y sus ojos son
incapaces de ver. Prudente será que me libere y me aleje de ellos, pues sus
corazones están llenos de odio, maldad y violencia.
Entonces la
multitud arrastró a Lucifer hacia las afueras de la ciudad y comenzó a
apedrearlo para darle muerte. Y no dejaron de arrojarle piedras hasta que su
cuerpo, totalmente inerte, quedó sepultado bajo un rocoso manto.
El crepúsculo llevó
consigo al último de los verdugos.
Entonces Lucifer
apartando las piedras se incorporó. Aunque su cuerpo estaba lastimado, su
espíritu permanecía intacto.
- ¿Por qué tanta
ceguera? - se dijo - ¿Por qué tanta ceguera si en todos nosotros palpita la
misma luz? ¿O será que en algunos esta luz se halla oculta por la ignorancia de
sí mismos?
Y pensando estas
cosas, Lucifer sacudió sus ropas y siguió "Su Camino", protegido por
la noche.
Y el amanecer lo
alcanzó caminando, pues Lucifer rara vez dormía. Y su descanso era la vigilia y
la atenta meditación en sí mismo.
Y aunque el camino
que ahora transitaba era más humano, los pocos hombres que se cruzaban con él
esquivaban su mirada y evitaban su saludo. Así de pavorosa e imponente era el
aura que se escapaba de su rostro.
Entonces sus pasos
lo encaminaron a las puertas de otra ciudad. Y ésta era más hermosa, rica y
lujosa que las anteriores. Y en la plaza central sobre una gran columna de oro
y piedras preciosas estaba escrita la frase:
“Todo tiene su
precio”.
Y en aquella ciudad
habían muchos dioses, pero había uno que reinaba sobre todos aquellos y el
nombre de este dios era: DINERO.
Y por dinero los
hombres vendían a sus hijas y a sus mujeres. Y por dinero se vendían entre
ellos y a sí mismos y vendían su alma, su lealtad, su honra, su sabiduría y
conciencia.
Entonces Lucifer se
sintió asqueado de aquella masa maldita y deseó salir inmediatamente de la
ciudad, pero su conciencia le exigió decir algo a aquellas mentes oscurecidas.
Y encaramándose
sobre la dorada columna, centro de la plaza mayor, Lucifer conjuró a la
multitud:
- ¡Ah, humanidad
perdida yo te maldigo!
Y aunque me
arrastre pobre y herido entre el lodo, jamás seré tu esclavo, siervo, ni
mendigo.
Entonces, sin
agregar palabra, saltó de la columna y cayendo a tierra, encaminó raudo sus
pasos a las afueras de la ciudad.
Pero aquellos que
lo habían escuchado lo siguieron ofreciéndole hospedaje en sus casas, pues
adivinaban que aquel forastero era dueño de una "extraña sabiduría"
que querían poseer, sin embargo, al ver que no se detenía comenzaron a
ofrecerle dinero y a intentar comprar su estadía entre ellos.
Entonces empezaron
a ver quien daba más y se sorprendían de ver que aquel hombre ignoraba sus
ofertas y pronto el precio ofrecido fue de diez millones de piezas de oro y
este fue doblado y triplicado. Sin embargo, Lucifer no se vendió.
Y sus pasos lo
llevaron a un valle donde un día antes se había realizado una gran batalla.
El campo se hallaba
cubierto de cadáveres y su número se contaba por miles.
Entonces Lucifer
caminó entre ese mar de muerte mientras pensaba:
- ¿Acaso no es el
mundo idéntico a este valle? ¿No está sembrado de cadáveres, hombres vivos que
aún no han comprendido que están muertos en su propia ignorancia?
Y al pensar esto su
vista paseaba por entre los cuerpos inertes y mutilados.
Entonces, le
pareció divisar a los lejos un solitario árbol y apoyado sobre su tronco a un
guerrero moribundo.
Y Lucifer se
dirigió hacia aquel hombre, contento de ver algo vivo en medio de tanta muerte.
Y sin decir una
palabra dio de beber de su agua a aquel desconocido. Limpió su rostro
ensangrentado e intentó curar sus heridas, pero descubrió que su pecho había
sido atravesado sin compasión por una lanza enemiga. Entonces Lucifer habló:
- Tu corazón está
destrozado.
Deberías estar
muerto, pero aún vives.
A lo que el
guerrero contestó, con voz suave pero firme:
- Me debí haber
vendido y no lo hice. Debí haber huido y me quedé a luchar. Ahora debería estar
muerto, sin embargo, sigo vivo. Es que mi espíritu es rebelde y me niego a
aceptar aquello que no quiero. Debería haberme vendido y vivir en paz, como un
cordero, pero no quise. Debería haber huido y no enfrentarme al enemigo, pero
lo encaré. Ahora, agonizante y mal herido, debería estar muerto, pero no quiero
morir.
Entonces los ojos
de Lucifer brillaron con inusitada luz y comprendió que ante él había un hombre
que, de alguna manera, se había encontrado a sí mismo.
Y se prometió no
dejar morir a aquel hombre y usar de todo su poder para salvarlo, pues pensó
que hombres como aquél era lo que necesitaba el mundo: hombres que no se
vendieran ni retrocedieran ante el Enemigo, hombres con espíritu de lucha y
deseos de vivir eternamente.
Entonces Lucifer
impuso sus manos sobre las heridas sangrantes del guerrero, el cual al sentir
el espíritu de vida y sanación que lo invadía exclamó:
- ¿Quién eres que
me bendices con la vida?
A lo que respondió
Lucifer:
- Soy el Portador
de la Luz, la conciencia que se manifiesta bajo forma humana. Soy la fuerza que
se esconde tras cada ser, cada hombre y mujer, cada bestia y cosa.
Y apenas hubo
terminado de hablar, se puso de pie y emprendió su camino.
- ¿A dónde vas
hombre extraño? - lo detuvo el guerrero - ¿Cuándo podré escuchar de tu singular
sabiduría otra vez?
- Mi sabiduría vive
en ti, es tu propio ser. Si te escucharas a ti mismo, no necesitarías de mis
palabras.
Luego Lucifer calló
unos segundos y agregó:
- Mi espíritu tiene
la mirada fija en el Norte. Mi cuerpo permanecerá un tiempo en la Montaña del
Dragón.
Y señalando la gran
mole rocosa que se erguía en el horizonte, se puso nuevamente en marcha.
Buscaba Lucifer, en
aquellas montañas, la tranquilidad de la soledad para poder exaltar así su
conciencia.
Sin embargo su paz
no duró mucho, pues empezaron a llegar gentes en busca del sabio de la montaña
que, según se contaba, había sanado a un guerrero moribundo.
Y así fue como
Lucifer se convirtió en maestro, primero de unos pocos y, luego, de muchos.
Y en su intento de
enseñar, sólo enseñaba que no hay nada que aprender, pues toda claridad y
sabiduría ya se encuentra en el corazón de cada ser viviente.
Pero las gentes
empezaron a confundirse, pues aquel que es ciego no ve aunque el sol lo alumbre
y el corazón confuso se pierde incluso en el día más claro.
Y empezaron a
perderse a ellos mismos de vista y dirigieron sus ojos hacia afuera, hacia la
imagen del maestro que les enseñaba.
Entonces Lucifer se
dio cuenta y no se permitió caer en la trampa de la oscura ignorancia.
Así fue como un día
reunió en torno a sí a todos aquellos que había enseñado y les comunicó su
decisión de abandonar el mundo.
Entonces sus
seguidores comenzaron a lamentarse de su suerte y sintieron que aquello sería
su perdición.
Y Lucifer sonrío,
pues comprendió que aquél era el camino que, aunque duro, los llevaría a sí
mismos.
Entonces dijo:
- No os lamentéis
de mi pérdida, pues la única pérdida digna de lamentar es la pérdida de uno
mismo. Y vosotros os habéis perdido hace mucho y jamás habéis llorado por ese
gran tesoro ido.
Y uno entre muchos
alzó su voz diciendo:
- Maestro, antes de
partir háblanos de la esencia de tu enseñanza, para poder así recordarla.
Entonces Lucifer
habló:
- Recordaos a
vosotros mismos y recordaréis mi enseñanza. No busquéis fuera lo que ya existe
dentro, en vuestro espíritu. Mirad que el hombre es como un árbol que crece en
la cima de una montaña. Pero esa montaña es en realidad un volcán en cuyo
interior arde un fuego claro y poderoso dador de la más perfecta serenidad y
fuerza. El calor de este fuego interior ayuda a crecer al árbol, el cual
mientras más entierra sus raíces en la profundidad de la montaña, más expande
sus ramas a la infinitud del vasto cielo. Recordad siempre que en el mundo hay
tres clases de personas: están aquellos que saben su razón de ser, están
aquellos que la ignoran y están los "confusos". Y entre los confusos
están los que creen saber su verdadera razón de ser, pero en realidad la
ignoran y aquellos que se han inventado una razón de ser, que por ser algo
artificial los aleja de su verdadera naturaleza. En verdad es importante lo que
ahora les digo: Sólo quien se conoce a sí mismo, conoce su razón de ser, conoce
su destino y deja de ser parte del rebaño. Y mucho mejor que ser un confuso es
reconocer la ignorancia de sí mismo, pues la cura viene cuando la enfermedad es
reconocida.
Guardando silencio
un instante, continuó:
- La montaña es
como el cuerpo, la conciencia como el árbol y el fuego parecido al espíritu de
vida. La montaña es como vuestra columna ósea; el árbol como vuestro cerebro,
médula y nervios que crecen entre ella; el fuego proviene de vuestra Esencia
Creativa cuidadosamente conservada. Sois como madres que guardan en su vientre
al embrión del espíritu. Si un niño de carne y hueso demora nueve ciclos
lunares en nacer, entonces, el niño del espíritu demorará nueve ciclos solares.
Por ello es importante empezar ya. Mi enseñanza guarda su propio secreto y éste
se basa en la práctica y en la propia conciencia de sí mismo. Sin embargo,
¿queréis saber más, queréis conocer el secreto? Entonces escuchad el sueño que
tuve un día:
EL SUEÑO DE LUCIFER
Sin saber cómo,
había llegado a una caverna de enormes proporciones en lo profundo de la
tierra. Aunque las paredes y techo de la gruta parecían naturales, es decir,
formadas por el goteo incesante y la filtración del agua, el piso era
perfectamente liso y nivelado, como hecho por mano humana o alguna otra
criatura inteligente. Sentí que estaba en un templo.
A diez pasos de mí
se alzaba una gruesa columna pétrea, de unos siete metros de altura, sobre la
cual vi de pie a un venerable anciano. Vestía una túnica de mangas largas y
talle holgado que le llegaba hasta los tobillos. Su color era gris-azulado,
como el de las nubes cargadas de lluvia. A lo largo de su pecho y cosida a ella
caía verticalmente, hasta el suelo, una cinta blanca sobre la cual habían sido
bordados, en hilo negro, extraños caracteres que no pude reconocer. Igual
adorno vi a lo largo del borde superior de sus mangas, en los puños de las
mismas y en el embaste de su vestimenta. Tanto las barbas como los cabellos del
anciano eran blancos y larguísimos. Su alba cabeza estaba descubierta. Al verlo
se me ocurrió que era la típica imagen de un mago.
Alzando uno de sus
brazos me ordenó:
-¡Tomad aquella
lanza, hecha de la mejor madera del mundo e introducidla en aquel pozo! - al
decir esto me señaló un agujero, de un metro de circunferencia, cuya boca
estaba a ras de suelo.
Fui y tomé la
lanza, la cual era una vara puntiaguda de una madera muy liviana y durísima. Me
asombró comprobar que a pesar de su largo, tres metros o más, permanecía
perfectamente enhiesta, haciendo alarde de una pasmosa flexibilidad.
Siguiendo las
órdenes del anciano me acerqué al pozo. A mis pies vi un hoyo, cavado en la
piedra, en el cual había un líquido espeso de color rojo varios metros más
abajo. Al principio creí que se trataba de sangre, pero después noté que de él
se desprendía una suave fosforescencia. Me pareció, entonces, que se trataba de
lava derretida. Aquel pozo era la entrada al infierno.
Apenas introduje la
lanza en él, el líquido aumentó su nivel hasta llegar al borde mismo del
agujero. Retrocedí, pues pensé que si llegaba a desbordarse, la lava me
quemaría.
Para mi sorpresa
surgió del pozo un esperpento, un ser bípedo de unos cuatro metros de alto,
similar a un sapo o a una tortuga sin caparazón. Caminaba sobre sus cuartos
traseros como un hombre. Un solo ojo adornaba su frente.
Al parecer mis
acciones lo habían molestado y ahora se encontraba furioso. Arremetió contra
mí. Me defendí usando la lanza. En la refriega me di cuenta que la bestia temía
perder su único ojo, entonces concentré mis ataques en él. Pero
sorpresivamente, cuando creí que la tenía bajo mi poder, la criatura sufrió una
mutación. Sin saber cómo, la vi transformarse en un ser del tamaño de un hombre
y con cuerpo de tal, pero su cabeza era similar a la de un murciélago con
orejas membranosas, grandes, triangulares y un hocico de filosos dientes.
Curiosamente su cuerpo y rostro estaban cubiertos de escamas, como un pez. Su
apariencia era muy fornida y musculosa. Antes que pudiera evitarlo, la criatura
se alejó de mí corriendo a toda prisa, hasta, perderse de vista.
La voz del anciano
llamó mi atención. Me volví a mirarlo y noté que la columna sobre la cual
estaba parado disminuía de tamaño, como si estuviese siendo tragada por la
tierra. Ya a nivel del piso, el anciano se acercó a mí diciendo:
- Ya lo habéis
visto. La criatura tiene el poder de adoptar cualquier forma y utiliza este
artificio para hacer caer a la gente en el pozo. Sin embargo no os preocupéis,
ya la enfrentasteis y con eso basta para reconocerla en cualquiera de sus
formas.
Dicho esto, me
tendió un librito, como de un palmo de largo. Yo, tomándole, le abrí al azar en
una de sus páginas. En ella vi una ilustración a color: Un velero de cuatro
mástiles navegando con todo su velamen desplegado por mar abierto. La
superficie del agua en perfecta calma. Alrededor del barco revolotean miles de
gaviotas, mientras que del palo mayor un gran pelícano blanco da la cara a proa
con sus alas extendidas, mostrando el pecho descubierto.
Miré interrogativo
al anciano. Entonces éste me respondió:
- Es un libro de
gran contenido hermético. Es el Libro de la Creación. En el capítulo diez
encontrarás el secreto de la Piedra Filosofal. Pero antes es necesario que
obtengas la Schlitlzt Nimrod, la daga mágica que simboliza y en la cual se
halla grabado el Nombre Impronunciable. La reconocerás cuando la veas, porque
su imagen está en el alma colectiva de toda la humanidad. Más antes, pon ante
mí tu mano izquierda.
Sin resistirme
seguí sus instrucciones, entonces vi con asombró que sobre la palma de mi mano
crecía una pequeña enredadera de color verde vivo, como el de la hierba nueva.
Su nacimiento estaba en la base, pegado a la muñeca. De aquí seguía el curso de
la línea palmar llamada de Mercurio, según dijo el anciano, pero a medio camino
se bifurcaba y la segunda rama recorría el rastro de la línea llamada de
Saturno. Ambas secciones de la enredadera ascendían un tramo para luego
curvarse en dirección del dedo pulgar. Aquella que iba por la línea de Mercurio
se curvaba justo por debajo del dedo meñique. La otra, la que seguía el
trayecto de la línea de Saturno, cambiaba su curso a la altura del mismo centro
palmar. De esta manera ambas ramificaciones venían a morir en el montículo
carnoso que hay bajo el dedo índice, al cual el anciano dio el nombre de Monte
de Júpiter.
Tres flores
brotaban de esta enredadera. Dos de ellas provenían del primer tallo y crecían
sobre el Monte de la Luna y el Monte de Apolo respectivamente. La otra
florecilla se abría en el Campo de Marte y germinaba de la segunda rama. El
mago observó por unos instantes mi mano.
- La parte
izquierda de tu conciencia, el lado desconocido de tu mente, es independiente -
me dijo -. Esto es positivo para ti, pero aún es muy pequeño y está poco
desarrollado. Debes hacerlo crecer.
Cuando le pregunté
cómo podía hacerlo, sólo contestó:
- Sigue el Camino.
Dicho esto me puso
al cuello un Ank, de oro blanco, en cuyos brazos tenía grabada la frase
"Enfrenta la Vida como Guerrero" y, haciéndome señas, indicó que me
fuera por donde había visto irse a la criatura del pozo. Le obedecí.
No había cómo
perderse. Aquella galería inmensa terminaba en un estrecho túnel, por el cual
caminé mucho tiempo antes de llegar a una caverna de parecidas proporciones a
la anterior, pero carente de columnas y un piso liso y nivelado. Observé que al
otro extremo, de donde me encontraba, se veían las entradas de dos túneles y
hacia allá me dirigí.
Al acercarme
comprobé que ambos se encontraban muy cerca uno de otro, pero a pesar de su
proximidad comunicaban a mundos diferentes. Aquél que se encontraba a mi
izquierda, daba acceso a una selva cálida, espesa y exuberante. Desde donde me
hallaba podía ver mil formas y oír mil exquisitos sonidos provenientes de
aquella tibia floresta. Me pareció que era el paraíso.
El otro túnel daba
a un paraje relumbrantemente blanco, todo hielo y nieve. La ventisca y el frío
eran sus únicos señores. Me encontraba observando esto cuando de la selvática
entrada vi aparecer a una hermosa mujer de piel bronceada. Vestía un traje de
hojas verdes, pegado al cuerpo, que le llegaba a mitad de muslos. Era un
vestido sin mangas ni hombros, sostenido por un delgado tirante de fibra
vegetal. Las facciones del rostro eran bellísimas y su cuerpo armoniosamente
proporcionado. Su cabello, largo hasta la cintura. Me miró insinuantemente y me
pidió que la siguiera. Me negué. Entonces, ejerció sobre mí un extraño poder y
me vi tras ella en contra de mi voluntad. No pude oponerme a su fascinación.
En ese momento me
sucedió algo inexplicable. Sin saber por qué, tomé fuerte conciencia de mi
región infraumbilical. Sentí una agradable calidez en toda aquella zona e
inmediatamente tomé el control de mí. Era como si aquel lugar anatómico fuera
el "Centro de mi Voluntad". Dejé de seguir a la bella mujer y me
detuve. Ella se dio cuenta de mi rebeldía y volviendo sobre sus pasos me
encaró. Yo dirigí una fugaz mirada al nevado túnel; entonces ella, percatándose
de mi gesto, habló:
- Ese es un mundo
helado, duro, primitivo y bárbaro, ¿lo prefieres al que te ofrezco yo?
Le contesté
afirmativamente. Entonces, molesta, hizo un gesto tras el cual aparecieron tres
descomunales hombres que me doblaban en estatura, los cuales con actitud
hostil, se interpusieron entre el mundo de hielo y yo. En ese instante noté que
uno de los gigantes tenía en sus manos una daga de doble filo y hoja larga con
arabescos grabados en ella. La reconocí inmediatamente. Era la Schlitlzt
Nimrod, el arma mágica de la cual me había hablado el anciano mago.
La mujer volvió a
hablarme, entonces vi que había sufrido una transformación. Ahora aparecía como
una jovencita de quince años. Su piel era blanca, su cabello castaño e iba
vestida con una túnica de color lila que, igual a la anterior, llegaba a la
mitad de muslos, pero sin ceñirse al cuerpo; era holgada y con pliegues.
Su aire de
sensualidad y voluptuosidad se había trocado por uno de candidez e inocencia.
La vi acercarse a
mí con aspecto de ingenuidad y mirar lo que había escrito en el Ank que colgaba
sobre mi pecho.
- ¿Cuál es la
característica de un guerrero? - preguntó ella, esperando mi respuesta -,
¿acaso es el valor?
- Eso es importante
- le contesté, mientras estudiaba cuidadosamente a los tres gigantes -, pero lo
es, aún más, ser decidido y tener osadía.
Ella confundida me
miró:
- ¿Osadía? -
repitió.
Entonces, posando
mis ojos en los de ella, la hice con rapidez a un lado y embestí con furia a
los gigantes. A pesar de sus tamaños conseguí dejar a dos de ellos fuera de
combate, golpeando, a uno, con mi hombro izquierdo y, al otro, con la cabeza.
El tercer hombrón me atacó con la daga.
Entonces yo, sin
temor alguno, la tomé con mi mano izquierda por la filosa hoja y se la arranqué
de los dedos. Hecho esto, el hombre se desvaneció ante mi vista. Me di cuenta
que había quedado solo, pues la muchacha también había desaparecido.
Pasé el arma a mi
mano derecha y admiré la forma de su hoja y el arte con que había sido forjada.
Penetré en el túnel de hielo y noté con sorpresa que, en donde antes había
nieve, ahora existía arena, tierra y piedras. Aquel túnel salía a la
superficie, a cielo abierto, a un paraje desolado y seco. Solo se veía uno que
otro arbusto o cactus aquí y allá. Puse el puñal en mi cintura y empecé a
caminar de prisa, pues el sol caía en el horizonte y pronto oscurecería.
No sé cuánto tiempo
caminé, pero me detuve cuando descubrí una polvareda que se acercaba desde la
derecha. Cuando por fin pude ver de qué se trataba, quise huir, pero no había
lugar dónde cobijarme. Entonces decidí plantarme en mi sitio y, sacando la daga
del cinto, esperar mi suerte.
Sobre la llanura
una especie de monstruo, una masa peluda, negra, sin piernas ni cabeza, pero
con cinco robustos brazos semejantes a los de un simio, se acercaba al lugar
donde me encontraba. Avanzaba girando sobre sí mismo, como una rueda, apoyando
sus grotescas manos en el suelo.
Mientras más se
acercaba más decidido me encontraba para enfrentarlo. Sin embargo, cuando
estuvo a unos pasos de mí, se transformó en una hermosa joven. Yacía a mis
pies, totalmente desnuda, tendida sobre la arena. El color de su pelo
larguísimo, el tinte de su tez y los rasgos de su rostro, me hicieron recordar
los de la mujer hindú. Su sonrisa cautivadora y aquella súplica sensual de sus
labios me perdieron. Observé la perfección de su cuerpo, la voluptuosidad de
sus formas, la lujuria de su mirada y sin resistirme empecé a acercarme a ella,
olvidando que se trataba de aquel repugnante ser que, segundos antes, había
visto rodar por el desierto. Estirando sus bellos brazos hacia mí susurró:
- Como les encanta
a los hombres humillarse.
Me di cuenta que lo
decía por la embrutecedora sensualidad que nos abruma frente a una mujer
hermosa. En ese momento tomé conciencia y concentré la atención en la zona
infraumbilical de mi cuerpo. Ella, sin dejar de sonreír y con sus brazos
extendidos, comenzó a desvanecerse en el aire como una ilusión pasajera, hasta
que desapareció totalmente de mi vista.
La noche había
caído sobre el desierto.
Allá, a lo lejos,
vislumbré el resplandor de una fogata. Encaminé mis pasos en esa dirección.
Al irme acercando
distinguí la figura de un hombre. Estaba en cuclillas frente al fuego,
observándolo. Su cuerpo, delgado y fibroso, estaba desnudo, salvo por un
taparrabo que colgaba de su cintura y que era de vivísimos colores: rojo,
naranja y amarillo. Comprendí que estaba realizando algún tipo de ritual.
Llegué junto a la
fogata y pude ver su rostro cobrizo y reseco. Sus ojos despedían un brillo
extraño. Me di cuenta que era un brujo. Sin mediar palabra alguna me acuclillé
a su lado, dando la cara al fuego. Sin mirarme lo vi meter su mano izquierda
entre las llamas y sacar, de entre ellas, algo que sostenía con gran
delicadeza. Vi con sorpresa que en su palma había posada una flamígera lengua
de fuego. Sin preámbulos me la ofreció, indicándome que la debía tomar poniendo
la palma de mi mano izquierda contra la suya. Al hacerlo, sentí que la lengua
de fuego era absorbida por mi cuerpo. Tres veces el brujo metió su mano en la lumbre
y me ofreció aquél trozo de flama. Tres veces acepté su ofrecimiento. Luego,
haciéndome un gesto con su cabeza, me instó a mirar la fogata. Así lo hice y
pude comprobar que entre las llamas descansaba una serpiente con la cabeza
erguida. Era una cobra, la reconocí por el capuchón en su cuello. Tenía un
color cobre metálico. Estaba tranquila, tomando un baño de fuego.
El brujo habló. Me
señaló que había sido iniciado en la Hermandad del Dragón. La noche era
profunda y protectora. Me dio indicaciones de sentarme en silencio junto a él.
Lo hice imitándolo, cruzando las piernas y dirigiendo mi cuerpo hacia el norte,
desde donde soplaba una suave brisa. Permanecimos así, silenciosos e inmóviles,
una insensible eternidad. Luego, sin saber cómo, nuestros cuerpos se alzaron
ingrávidos unos centímetros de la tierra y comenzaron a girar en torno a la
fogata, mirando siempre hacia la misma dirección cardinal. Rotábamos en sentido
contrario a las manecillas del reloj y noté que, en el breve instante en que la
fogata quedaba a nuestras espaldas, pasábamos sobre un círculo dibujado, en el
suelo, con extraños caracteres que no supe interpretar.
Cuando la aurora se
reflejó en el oscuro cielo, el brujo me ordenó caminar con rumbo al sol
naciente. Me indicó que siguiendo esa dirección encontraría dos arroyos. El
primero contendría agua común, útil para aplacar la sed del cuerpo. En el
segundo correría un agua medicinal de origen mineral, que servía para saciar la
sed de vida.
Después de mucho
andar encontré los dos riachuelos tal como me lo había señalado, sin embargo,
el arroyo de agua medicinal tenía su cauce seco. Deseaba probar de sus aguas,
así que tomé la decisión de remontarme hasta la fuente y así beber, del
preciado líquido, lo más cerca que pudiese del origen. Siguiendo el reseco
lecho subí hasta la cumbre de un gran espinazo de piedra. Allí pude comprobar
que aquel arroyo surgía de un pequeño edificio de arquitectura indoarábiga.
Atravesé el umbral carente de puertas y así pude dar con una enorme escalera que
descendía al interior de la tierra. Bajé por ella largo tiempo, hasta que por
fin di a una galería en cuyo centro crecía un enorme y añoso árbol en muy mal
estado. Presentaba una apariencia reseca y sus grandes ramas estaban cruelmente
mutiladas. Carecía de hojas y daba la impresión de un árbol muerto. Sin
embargo, yo sabía que estaba vivo. Observé que junto al grueso tronco, en el
piso, habían varias vasijas de arcilla conteniendo agua. Las ocupé todas
regando con ellas las sedientas raíces. Había terminado cuando unos golpes
secos llamaron mi atención. Motivado por esto me di el trabajo de estudiar la
caverna en la que me hallaba. Era obvio que existía en aquel lugar alguien
encargado de su cuidado, pues veía cierta simetría y orden que no era propio de
los sitios que están sujetos a la espontaneidad natural. Muchas puertas daban a
aquella galería. Todas estaban cerradas. Observándolas me di cuenta que los
golpes, que sentía, provenían de un viejo portón de madera, el cual, se sacudía
ante la violenta embestida de "algo" encerrado tras él. De pronto mi
mente se abrió y lo comprendí todo. Allí encerrado, por el cuidador de aquel
parque subterráneo, se encontraba el Espíritu del Arbol. Un tipo de fuerza
inteligente dispuesta a destruir por el descuido a que había sido expuesto el
antiguo roble centro del jardín.
En ese momento los
guardas del lugar, un hombre y una mujer, entraron al recinto y comenzaron a
imprecarme por haber regado el reseco tronco, pues con ello había dado renovado
vigor al espíritu encerrado. No pude negar nada, ya que en mis manos, aún
goteando, tenía uno de los recipientes de arcilla. Las voces de la pareja
enfurecieron de tal manera al espíritu, que éste consiguió derribar el enorme
portón y liberarse. Emergió de su oscura prisión justo frente a mí. Su poder
era increíble. Su forma, similar a un torbellino de viento o tromba marina. Por
unos instantes me observó. Le enseñé, entonces, la vasija húmeda que agarraba
con mi mano derecha. Lo comprendió todo. Lanzando un bramido inhumano se arrojó
sobre la pareja y los devoró.
Yo, sin saber qué
hacer, esperé mi destino. El Espíritu del Árbol trocó su furibunda apariencia.
Se me acercó lentamente en forma de una barra vertical de luz rojiza. Tendría
unos cincuenta centímetros de largo y flotaba en el aire por encima de mi
cabeza. Me habló con voz de trueno. Me dijo que a partir de ese momento era el
Guardián de las Raíces y que premiaría mi gesto dándome su amistad. Dicho esto
vino sobre mí y posándose en mi cabeza sentí como aquella energía, en forma de
columna luminosa, me penetraba por ella hasta la garganta. Una tibieza
confortable me inundó y me sentí físicamente sano. Sin saber qué, el espíritu
hizo algo indescriptible dentro de mí y me cambió. Me sentí como recién nacido.
Todas mis enfermedades habían desaparecido.
Cuando el espíritu
me dejó, me di cuenta que toda la caverna había reverdeado. Sobre el suelo
crecía una mullida hierba, en las rocosas paredes se adherían las enredaderas y
hiedras. El viejo árbol se veía frondoso y turgente. Sus mutiladas ramas ahora
se presentaban completas y rebosantes de hojas. De sus raíces surgía un
manantial de agua fresca y cristalina: este era el origen del arroyo medicinal.
Me acerqué al
roble. Una enorme serpiente de color verde encendido se ocultaba entre el
follaje. Noté que en sus costados, a lo largo del cuerpo, tenía dibujado en
negro extraños caracteres desconocidos para mí. De pronto otra cosa llamó mi
atención. Era una picaflor que revoloteaba entre el ramaje muy cerca de mí. Su
cabeza y su cuerpo eran de un rojo intenso, escarlata, mientras que sus alas y
cola eran negras azabache.
El Espíritu del
Árbol, poniéndose a mi lado, me indicó que lo atrapara. Yo lo intenté, pero no
pude, el ave era demasiado rápida para mí. Entonces, el espíritu me aconsejó
que lo observara fijamente sin pensar en nada y que cuando sintiese el impulso
interno de agarrarlo lo intentara. Le hice caso y así conseguí atrapar, con mi
mano derecha, al picaflor por la cabeza. En el mismo momento que la atrapé el
ave dejó de ser algo vivo y se trocó en un objeto inanimado, hueco, de
consistencia apergaminada. Comenzó a deshacerse entre mis dedos. Para evitarlo
la coloqué sobre la palma de mi mano izquierda, sin embargo continuó
disolviéndose. De esta manera dejó al descubierto una piedra blanca, como de
una pulgada de diámetro, sobre la cual soplé para limpiarla de los restos
pulvurulentos que no me dejaban apreciarla con claridad. Su color era similar a
la sal de roca. Su forma, esférica, estaba tallada con la apariencia de un
capullo de rosa. Era un trabajo simple y primitivo. El espíritu hizo retumbar
su voz en mis oídos:
- Es la Piedra
Filosofal - bramó -, la meta de los alquimistas. Dilúyela en vino asoleado y
bébela. Solo así poseerás el secreto de la inmortalidad.
En aquel preciso
instante desperté.
Habiendo escuchado
aquel sueño un rumor se dejó sentir entre los asistentes, pues algunos se
preguntaban asombrados qué significado tendría. Entonces un visitante, que
hacía poco había llegado, gritó:
- Algunos dicen que
eres el demonio - y buscaba con ello perderle y denigrarle ante los ojos de
todos los presentes.
Entonces Lucifer,
con voz clara y serena, exclamó:
- ¿Acaso no es
aquello a quien llamáis Diablo hijo de aquello a quien llamáis Dios también? Si
en el principio estaba solo aquello a quien decís Dios, el supremo Bien,
entonces primero fue el Bien y luego el Mal. Por tanto el Mal surgió del Bien,
porque nada puede nacer de la nada. Y porque el Mal se originó del Bien es que
la función del Mal es benéfica, porque nada malo puede surgir de lo bueno. Lo
que llamáis Dios es el maestro tierno y amoroso que educa con bondad. Aquello
que llamáis Diablo es el maestro duro y riguroso que nos enseña a través de la
severidad. Por tanto no reneguéis del Diablo, pues algunos somos tan necios que
solo aprendemos a golpes. Por tanto no odiéis al Diablo, porque a través de sus
pruebas nos hacemos fuertes y libres y accedemos al supremo Bien. ¿Acaso sois
tan ciegos que no os dais cuenta que Dios y Diablo son las dos caras de una misma
moneda?
Entonces de las
gargantas de algunos de los presentes se escapó una exclamación de asombro,
pues comprendieron las palabras de Lucifer y despertaron, quedando sus mentes
más allá del Bien y del Mal. Sin embargo el desconocido replicó:
- ¿Cuál es tu
religión?
- No hay religión
más grande que la Verdad, la realidad tal como es - exclamó el Portador de la
Luz.
- Vuestra sabiduría
sufre del pecado de la soberbia y no se basa en las escrituras sagradas -
insistió el extraño.
- Sufro del pecado de
la soberbia - dijo Lucifer - pues deseo ser todo lo que soy: quiero ser
diamante aunque mi origen sea el carbón. No baso mi conocimiento en lo que
dicen los textos sagrados o en lo que afirman los ancianos, no baso mi
sabiduría en lo que dicen lo eruditos o asegura la mayoría. Mi sabiduría se
basa en lo experimentado por mí mismo sin intermediarios o interpretaciones
ajenas, pues es la experiencia propia y directa lo que entrega la verdadera
sabiduría. La vida se conoce viviéndola y no a través de creencias, opiniones,
especulaciones, teorías, religiones o libros. ¿Queréis leer un libro? Leed el
libro de la sabiduría. Ese libro sois vosotros mismos, leedlo así: dirigid
vuestra atención hacia vosotros, hacia vuestras sensaciones, hacia vuestros
movimientos, hacia vuestra respiración, emociones y pensamientos y en todo
momento permaneced serenos, atentos, viviendo el momento.
Entonces el
visitante asombrado por aquella extraña sabiduría volvió a preguntar:
- ¿Maestro, quién
eres en verdad?
A lo que él
respondió:
- Yo soy la Vida,
"el Lucifer", el Portador de la Luz: el Lucero de la Mañana que
anuncia el fin de las tinieblas y la llegada del Imperio del Sol, el reino de
la luz. Soy Prometeo, aquel que arrebató de la nada el divino fuego de la
sabiduría, el poder y la luz y lo entregó a los hombres. Y aunque soy el más
odiado por el cielo soy, sin embargo, el más amado, pues gracias a mí se ha
redimido la oscura materia. Perdiendo mi pureza espiritual y cayendo en los
abismos he llevado vida, conciencia y conocimiento a toda carne y la he
impulsado hacia los cielos. Comprendan esta paradoja y comprenderán el misterio
del universo.
Y habiendo
pronunciado estas palabras cayó sobre los presentes un profundo silencio. Y
junto al silencio cayó la noche, arropando con su estrellado manto a todo lo
viviente. Cuando medianoche llegó rompió Lucifer las tinieblas con su voz.
Clavando la mirada en la estrella polar exclamó:
- Quien sigue la
senda del Dragón, domina la realidad presente: el aquí y ahora. Conservar la
serena quietud es su principio, alcanzar el ecuánime e imperturbable vacío es
su meta. Quien sigue la senda del Dragón es como el agua: aunque se adapta a
todas las formas no se aferra a ninguna.
Y dirigiéndose al
viejo guerrero, a aquel que una vez había estado mortalmente herido en su
corazón, le dijo:
- Guerrero
solitario que sigues la senda del rayo: Tendrás que sumergirte en la profunda
oscuridad y hallar en tus raíces la vida sempiterna. Solo así llegará el
momento en que aquello que acecha al otro lado salga a la luz del día. Vendrá
de la otra orilla del abismo pletórico de inmortalidad, poder, voluntad y
sabiduría. Y así se cumplirá el tiempo en que desprendiéndote de todo te
apoderarás del universo.
Y el viejo guerrero
comprendiendo las palabras de Lucifer guardó silencio. Y a través del silencio,
aquietó su corazón. Y con su corazón sereno entró en profunda meditación. Mas
cuando abrió los ojos, poco antes del amanecer, Lucifer ya no estaba entre
ellos y el Lucero de la Mañana brillaba con soberbio fulgor sobre el horizonte.
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