martes, 13 de agosto de 2013

Los Amorosos de Jaime Sabines



Los amorosos callan. 
El amor es el silencio mas fino, 
el mas tembloroso, el mas insoportable. 
Los amorosos buscan, 
los amorosos son los que abandonan, 
son los que cambian, los que olvidan. 
Su corazón les dice que nunca han de encontrar, 
no encuentran, buscan. 

Los amorosos andan como locos 
por que están solos, solos, solos, 
entregándose, dándose a cada rato, 
llorando por que no salvan el amor. 
Les preocupa el amor. Los amorosos 
viven el día, no pueden hacer mas , no saben. 
Siempre se están yendo, 
Siempre, hacia alguna parte. 
Esperan, 
no esperan nada, pero esperan. 
Saben que nunca han de encontrar. 
El amor es la prórroga perpetua, 
siempre el paso siguiente, el otro, el otro. 
Los amorosos son los insaciables, 
los que siempre —¡que bueno!— han de estar solos. 

Los amorosos son la hidra del cuento. 
Tienen serpientes en lugar de brazos. 
Las venas del cuello se les hinchan 
también como serpientes para asfixiarlos. 
Los amorosos no pueden dormir 
por que si duermen se los comen los gusanos. 

En la obscuridad abren los ojos 
y les cae en ellos el espanto. 

Encuentran alacranes bajo la sabana 
y su cama flota sobre un lago. 

Los amorosos son locos, solo locos, 
sin Dios ni diablo. 

Los amorosos salen de sus cuevas 
temblorosos, hambrientos, 
a cazar fantasmas . 
se ríen de las gentes que lo saben todo, 
de las que aman a perpetuidad, verídicamente, 
de las que creen en el amor como en una lámpara de 
    inagotable aceite. 

Los amorosos juegan a coger el agua, 
a tatuar el humo, a no irse. 
Juegan el largo, el triste juego del amor. 
Nadie ha de resignarse. 
Dicen que nadie ha de resignarse. 
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. 

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, 
la muerte les fermenta detrás de los ojos, 
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada 
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. 

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, 
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, 
   complacidas, 
a arroyos de agua tierna y a cocinas. 

Los amorosos se ponen a cantar entre labios 
una canción no aprendida. 
Y se van llorando, llorando 
la hermosa vida.

Jaime Sabines