jueves, 9 de mayo de 2013

"Generosidad o Avaricia" , según Maquiavelo, el maestro de la Diplomacia.


Todo para nosotros y nada para los demás parece haber sido la máxima abominable de los amos de la humanidad en todas las edades del mundo.
           Adam Smith 


Nicolás Maquiavelo.-

Nacido en la Florencia de los Médicis, en una época convulsa de conspiraciones y guerras Nicolás Maquiavelo llegó a ser un maestro de la diplomacia, y pudo conocer de primera mano los más oscuros resortes de la política.




El mapa de los estados italianos del siglo XV semejaba un mosaico o tablero de ajedrez. Ciudades, ducados y pequeños estados presentaban una compleja fragmentación de poderes.

Florencia fue uno de los casos más representativos de esta situación, dadas sus características sociales, su riqueza cultural y sus complejas tramas políticas. Poderosas familias de banqueros como los Medici engalanaron la ciudad con su mecenazgo artístico y literario demostrando el apoyo a la revolución del humanismo.

Sin embargo, no todos los habitantes de Florencia se movieron en la misma dirección: Savonarola daba enérgicos sermones donde arremetía contra la renovada mirada a la antigüedad y denunciaba sin descanso las corrupciones, avaricia y brutalidad de los corruptos gobernantes.

Tras la invasión de Italia por Carlos VIII de Francia, Savonarola intervino para salvaguardar la ciudad convenciendo al monarca francés de no saquearla. Este éxito no le salvó de ser condenado; en 1498 fue ajusticiado por llegar a presentarse como profeta de Dios. La ejecución de Savonarola coincidió con el ascenso de Niccolò di Bernardo dei Machiavelli (1469-1527) al puesto de secretario de la Segunda Cancillería. En este cargo 
Nicolás Maquiavelo ejerció varias de sus cualidades: mediador de diferentes conflictos con la ciudad de Pisa –reconquistada en varias ocasiones–,como diplomático encargado de las negociaciones con diferentes monarcas extranjeros –Luis XII– y como promotor de alianzas con los representantes del papado: el temido César Borgia y Julio II.

La caída de la República conllevó la revocación de su cargo y la expulsión de la ciudad. La suerte para Nicolás Maquiavelo empeoró cuando se vio inmerso en una conspiración contra los nuevos señores, por lo que fue torturado en seis ocasiones.

Los catorce años de experiencia en el gobierno de la República y sus posteriores infortunios fueron su principal fuente de inspiración para la redacción de su obra más conocida: 
El Príncipe. Inicialmente la obra no causó ningún revuelo entre los lectores florentinos pero todo cambió a partir de 1520, y todavía más tras la muerte del propio Nicolás Maquiavelo.

"La Generosidad o la Avaricia"

MaquiaveloEl Príncipe, Cap. XVI

Maquiavelo dice:

 Empezando por las primeras de las cualidades nombradas, digo que estaría bien ser tenido por pródigo. Sin embargo, la prodigalidad, practicada de manera que se sepa que uno es pródigo, perjudica; y por otra parte, si se la practica virtuosamente y tal como se la debe practicar, la prodigalidad no será conocida y se creerá que existe el vicio contrario.


Pero como el que quiere conseguir fama de pródigo entre los hombres no puede pasar por alto ninguna clase de lujos, sucederá siempre que un príncipe así acostumbrado a proceder consumirá en tales obras todas sus riquezas y se verá obligado, a la postre, si desea conservar su reputación, a imponer excesivos tributos, a ser riguroso en el cobro y a hacer todas las cosas que hay que hacer para procurarse dinero. Lo cual empezará a tornarle odioso a los ojos de sus súbditos, y nadie lo estimará, ya que se habrá vuelto pobre. Y como con su prodigalidad ha perjudicado a muchos y beneficiado a pocos, se resentirá al primer inconveniente y peligrará al menor riesgo. Y si entonces advierte su falla y quiere cambiar de conducta, será tachado de tacaño.

Ya que un príncipe no puede practicar públicamente esta virtud sin que se perjudique, convendrá, si es sensato, que no se preocupe si es tildado de tacaño; porque, con el tiempo, al ver que con su avaricia le bastan las entradas para defenderse de quien le hace la guerra, y puede acometer nuevas empresas sin gravar al pueblo, será tenido siempre por más pródigo, pues practica la generosidad con todos aquellos a quienes no quita, que son innumerables, y la avaricia con todos aquellos a quienes no da, que son pocos

En nuestros tiempos sólo hemos visto hacer grandes cosas a los hombres considerados tacaños; los demás siempre han fracasado. El papa Julio II, después de servirse del nombre de pródigo para llegar al Pontificado, no se cuidó a fin de poder hacer la guerra, de conservar semejante fama. El actual rey de Francia ha sostenido tantas guerras sin imponer tributos extraordinarios a sus súbditos porque, con su extremada economía, proveyó a los superfluos. El actual rey España, si hubiera sido espléndido, no habría realizado ni vencido en tantas empresas.

En consecuencia, un 
príncipe debe reparar poco -con tal de que ello le permita defenderse, no robar a los súbditos, no volverse pobre y despreciable, no mostrarse expoliador- en incurrir en el vicio de tacaño; porque éste es uno de los vicios que hacen posible reinar. Y si alguien dijese: "Gracias a su prodigalidad, César llegó al imperio, y muchos otros, por haber sido y haberse ganado fama de pródigos, escalaron altísimas posiciones", contestaría: "O ya eres príncipe, o estás en camino de serlo; en el primer caso, la liberalidad es perniciosa; en el segundo, necesaria. Y César era uno de los que querían llegar al principado de Roma; pero si después de lograrlo hubiese sobrevivido y no se hubiera moderado en los gastos, habría llevado el imperio a la ruina". Y si alguien replicase: "Ha habido muchos príncipes, reputados por liberalísimos, que hicieron grandes cosas con las armas" diría yo: "O el príncipe gasta lo suyo y lo de los súbditos, o gasta lo ajeno; en el primer caso debe ser medido, en el otro, no debe cuidarse del despilfarro.

Porque el príncipe que va con sus ejércitos y que vive del botín, de los saqueos y de las contribuciones, necesita esa esplendidez a costa de los enemigos, ya que de otra manera los soldados no lo seguirían. Con aquello que no es del príncipe ni de sus súbditos se puede ser extremadamente generoso, como lo fueron Ciro, César y Alejandro; porque el derrochar lo ajeno, antes concede que quita reputación; sólo el gastar lo de uno perjudica. No hay cosa que se consuma tanto a sí misma como la prodigalidad, pues cuanto más se la practica más se pierde la facultad de practicarla; y se vuelve el príncipe pobre y despreciable, o, si quiere escapar de la pobreza, expoliador y odioso. Y si hay algo que deba evitarse, es el ser despreciado y odioso, y a ambas cosa conduce la prodigalidad. Por lo tanto, es más prudente contentarse con el tilde de tacaño que implica una vergüenza sin odio, que, por ganar fama de pródigo, incurrir en el de expoliador, que implica una vergüenza con odio.

























Erróneamente algunos interpretaron la famosa máxima «el fin justifica los medios» como una justificación de las irregularidades cometidas durante su gobierno. Nicolás Maquiavelo en realidad se refirió a algo más complejo: el príncipe debía mostrarse implacable en el caso de que viese cuestionado su poder. La clemencia, justicia, lealtad o prudencia no eran principios eficaces en la práctica; teniendo en cuenta los intereses externos el gobernante debía “aprender a no ser bueno” o “serlo según la necesidad”. Probablemente fue César Borgia el modelo en el que se inspiró el gran pensador florentino.